Hace
siglos y siglos, los Jinetes de Dragones, cuya misión era proteger y vigilar,
objetivo que durante miles de años consiguieron. Su poder en las batallas
era inigualable, puesto que cada uno poseía la fuerza de diez hombres,
y eran inmortales, a menos que una espada o un veneno les arrebatara la
vida, por que sólo utilizaban su poder en defensa del bien. Bajo su tutela,
se levantaron grandes ciudades y altas torres de piedra. Mientras ellos
mantuvieron la paz, la tierra floreció y fue una época dorada. Los elfos
eran nuestro aliados, los enanos, nuestros amigos. la riqueza corría por
nuestras ciudades y los hombres prosperaban.
Aunque ningún enemigo podía destruirlos,
no consiguieron protegerse de sus propios defectos. Y sucedió que, en
el apogeo de su poder, un niño llamado Galbatorix nació en la provincia
de Inzilbêth, que ya no existe. A la edad de diez años lo sometieron
a una serie de pruebas, como se acostumbraba; y viendo que albergaba un
gran poder, las jinetes lo aceptaron como uno de los suyos.
Galbatorix paso por un periodo
de aprendizaje y supero a los demás en destreza. Dotado de una mente aguda
y de un cuerpo vigoroso, rápidamente ocupo un lugar entre las filas de
los jinetes, pero algunos vieron en el súbdito ascenso de galbatorix un
signo de peligro, del cual advirtieron a los otros.
No obstante, el poder había vuelto
arrogantes a los jinetes y no hicieron caso del aviso, día en que comenzó
la desdicha. Así pues, nada mas terminar su aprendizaje, Galbatorix emprendió
un temerario viaje con dos amigos. Volaron noche y día hacia el norte
y entraron en el territorio que aun les quedaba a los urgalos, pensando
tontamente que sus nuevos poderes los protegerían. Allí, sobre una gruesa
capa de hielo, que no se derretía ni siquiera en verano, sufrieron una
emboscada mientras dormían. Aunque los amigos de galbatorix y sus dragones
fueron asesinados, y él mismo sufrió graves heridas, consiguió dar muerte
a sus atacantes. Durante la lucha, una flecha perdida atravesó el corazón
de sus dragón, y como Galbatorix no poseía conocimientos para curarlo,
el animal murió entre los brazos de su amo. De ese modo se sembraron las
semillas de la locura de Galbatorix.
Solo, despojado de buena parte
de la fuerza y medio loco por la pérdida, galbatorix vagabundeo sin esperanza
por los desolados parajes en busca de la muerte, pero esta no hizo
acto de presencia, a pesar de que él se lanzó sin miedo contra cualquier
ser vivo. Muy pronto los urgalos y los otros monstruos comenzaron a huir
de esa angustiada presencia. Entonces Galbatorix empezó a imaginar que
tal vez los jinetes le darían otro dragón, e impulsado por la idea, emprendió
un arduo viaje a pie, de regreso a las Vertebradas, aunque tardó meses
en atravesar el territorio sobre el que había volado sin esfuerzos montado
en su dragón. Galbatorix sabia cazar utilizando la magia, pero con frecuencia
caminaba por lugares por los que no había animales. De modo que, cuando
consiguió salir de las montañas, estaba a las puertas de la muerte. Un
campesino lo encontró desmayado con el lodo y llamo a los Jinetes.
Lo llevaron inconsciente a sus
tierras donde sanó físicamente, y al despertar, después de haber dormido
durante cuatro días, no dio muestras de tener la mente trastocada. Cuando
lo llevaron ante el consejo convocado para juzgarlo, Galbatorix exigió
un nuevo dragón. La apremiante petición uso de manifiesto su demencia
y el consejo vio con claridad en que estado se hallaba. Rechazaba su exigencia,
Galbatorix, a través del espejo deformante de su locura, creyó que la
muerte del dragón era culpa de los jinetes. Caviló sobre esta idea noche
tras noche y trazó un plan para ejecutar su venganza.
Un jinete se compadeció de él,
y las insidiosas palabras de Galbatorix echaron raíces. Valiéndose de
la insistencia y del uso de tenebrosos secretos que había aprendido de
un Sombra, enardeció al Jinete contra los ancianos del consejo, y junto
tendieron una trampa traicionero a uno de ellos y lo asesinaron. Cometida
la repugnante fechoría, Galbatorix se volvió contra su aliado y lo mató
de improviso. Poco después los Jinetes lo hallaron con las manos manchadas
de sangre, pero él, dando un alarido, huyó y desapareció en la oscuridad.
Sin embargo, como la locura había aguzado su sagacidad, no pudieron encontrarlo.
Estuvo escondido durante años en
parajes desolados como un animal acosado, siempre en guardia contra sus
perseguidores. Su atrocidad no se olvidó, pero con el correr de los años
cesaron de buscarlo. En una ocasión la mala suerte quiso que se topara
con el joven Jinete, Morzan, fuerte de cuerpo pero débil de mente, a quien
Galbatorix convenció para que dejara abierta una puerta de la ciudadela
Ilirea, que hoy en día se lama Urû'baen, por la que entró y robó un dragón
recién nacido.
Se ocultó con su nuevo discípulo
en un lugar maligno donde los jinetes no se aventuraban a entrar. Allí
Morzan fue aleccionado en un tenebroso aprendizaje y se instruyó en secretos
y magia prohibida que nunca debieron revelarse. Una vez terminada
su instrucción, y cuando el dragón negro de Galbatorix, Shruikan,
hubo alcanzado la madurez, el demente se presentó ante le mundo llevando
a Morzan a su lado. Juntos combatieron a todos los Jinetes con los que
topaban, y cada nuevo asesinato, aumentaban la fuerza de ambos. Otros
doce Jinetes se unieron a Galbatorix con deseos de poder y de venganza
a causa de supuestas injusticias. Esos doce hombres, junto con Morzan,
se convirtieron en los Trece Apóstatas. Los jinetes no estaban preparados
y cayeron ante el violento ataque. Los elfos también lucharon encarnizadamente
contra Galbatorix, pero fueron derrotados y obligados a huir a sus escondites,
de los que no regresaron jamás.
Solo Vrael, jefe de los jinetes,
consiguió resistir a Galbatorix y a los Apóstatas. Anciano y sabio, luchó
para salvar todo lo que pudiera y evitó que el resto de dragones cayeran
en manos de sus enemigos. En la última batalla ante la puerta de Dorú
Areaba, Vrael derrotó a Galbatorix, pero vaciló en el asalto final. Galbatorix
aprovechó la oportunidad y lo embistió por un costado. Vrael, gravemente
herido, huyó al monte Utgard para recobrar fuerzas, pero le fue imposible
por que Galbatorix lo halló. Mientras peleaban, Glabatorix le dio una
patada en la entrepierna, y gracias a ese golpe sucio, logró dominar a
Vrael ,y cortarle violentamente la cabeza con la espada.
Con semejante poder corriendo por
sus venas, Galbatorix se consagró a sí mismo rey de toda la Alagaësía.
Y desde entonces gobierna él.
ROCA EDITORIAL